lunes, 7 de junio de 2010

Confeccionistas bolivianos en Argentina lanzan una marca internacional de ropa


La crisis económica de 2001 puso fin a los proyectos de varios argentinos, entre ellos, los de un grupo de costureros que, más allá del hambre y la desocupación, encontró en el caos una oportunidad y creó una cooperativa para salir adelante.

Tras años de esfuerzo, acaban de lanzar una marca global de ropa para luchar contra el trabajo esclavo en el mundo de la indumentaria. El reportaje fue publicado hoy por el diario La Nación de Argentina.

No chains, el nombre comercial con el que se venderán las prendas que fabrican en la comunidad La Alameda, asociada en este emprendimiento con otra cooperativa tailandesa integrada también por empleados despedidos, representa una realidad distinta a la que debieron soportar estos trabajadores textiles, muchos de ellos explotados en talleres clandestinos.

"La mayoría de los trabajadores que se acercaron había sido traída por otras personas con promesas de dinero y prosperidad. Les retenían los documentos, los amenazaban y no les hacían saber cuáles eran sus derechos. Trabajaban entre 16 y 18 horas al día con sus hijos al lado y sin poder salir", contó a lanacion.com la responsable argentina de la firma global, Tamara Rosemberg.

De esta opresión fue víctima Simona, de 48 años, una costurera que tocó la puerta de La Alameda cinco años atrás en busca de un lugar para dormir. Hacía pocos meses que había llegado al país proveniente de Bolivia y acababa de ser desalojada de la pensión donde vivía. Traía consigo el cansancio de extensas jornadas laborales en las que confundía el día y la noche.

Desesperada, se alimentaba con frecuencia en el comedor comunitario de la cooperativa, mientras se las ingeniaba para mantener a sus seis hijos. "Venía de tanto en tanto hasta que un día me quedé. Sabía de costura porque había estado en un taller clandestino donde pasaba casi todo el día, desde las 8 de la mañana hasta la 1 de la madrugada.

En esa época no me daban permiso para hacer mis cosas y no tenía comunicación con mi familia. Cuando decidí irme, mi vida cambió. Sigo siendo costurera, pero ya no tengo los problemas que tenía antes", relató aliviada, mientras ultimaba algunos detalles de las prendas que integran la colección.

También Daisy, de 33, se acercó a la cooperativa con el deseo de mejorar su calidad de vida y evitar la dura realidad de la calle. Enseguida le ofrecieron empleo y pusieron a su disposición a una persona para que cuidara a su hijo. Hoy, ese bebé es un niño que va al jardín y que Daisy pasa a buscar por la tarde cuando completa sus tareas en el taller.

Horas previas al lanzamiento de No chains, reconoció estar nerviosa, pero muy feliz. Mientras guardaba unos hilos en un cajón y ordenaba parte de los retazos sobre una mesa, expresó: "Después de tanto esfuerzo, tenemos algo que nos identifica".

En el caso de Soledad, de 29, se trató más bien de un reto del destino. Un compañero de la fábrica de una conocida firma de zapatillas enfermó de tuberculosis y la empresa hizo caso omiso de la situación.

El personal encabezó una protesta en repudio al accionar de la compañía, porque lo entendió como un acto de discriminación, pero la firma desatendió la medida. Una semana después, Soledad perdió su puesto.

La joven, que conocía de cerca la obra que lleva a cabo la cooperativa desde sus inicios, fue incorporada al área de costura casi inmediatamente.

Lejos de la explotación. Con el correr de los años, el taller textil fue mejorando su logística y aumentando sus responsabilidades.

Actualmente, emplea a unas 15 personas, que reparten la jornada entre la fabricación de las prendas y el cuidado de la familia. La mayoría son mujeres que participan de las tareas de confección, diseño, moldería, corte y estampado, mientras sus hijos asisten a la escuela.

Por eso, el proceso de producción más intenso, que oscila entre las 8 y las 15, coincide con el horario en que los chicos se dedican a aprender.

Todas estas experiencias de recuperación de empleo, reivindican el deseo de progresar que une a los integrantes de las cooperativas argentina y tailandesa, pese a que muchos de ellos se conocen sólo a través de Internet.

Es que a La Alameda y Dignity Returns, formada también por costureros que lucharon contra talleres clandestinos y la superexplotación de marcas en el sudeste asiático, las une el deseo común de generar fuentes de trabajo genuinas en la cadena de producción y ofrecer, además, ropa de calidad sin cobrar un precio excesivo.

Ese sueño se concretó de la mano de una serie de congresos internacionales sobre trabajo decente, en los que intercambiaron experiencias acerca de la necesidad de recuperar, sobre todo, la dignidad que habían perdido.

En marzo de 2009, el proyecto para generar conciencia empezó a tener forma. El sello final llegó el viernes pasado con el lanzamiento de una marca que reafirma la lucha de los dos países.

Al referirse a las expectativas que nacieron en el grupo sobre la iniciativa que mantienen con el sudeste asiático, Rosemberg comentó: "La Alameda había empezado a funcionar con producciones a terceros y empezamos a soñar con una marca propia, además de Mundo Alameda.

Era la manera de demostrar que se podía producir sin engañar. Con este nuevo proyecto globalizamos la lucha contra el trabajo esclavo. La explotación ya está globalizada".

Sin ir más lejos, la semana pasada una serie de allanamientos realizados de manera simultánea en Villa Celina, Laferrere y San Justo registraron veinte personas detenidas, entre ellos los presuntos responsables de los talleres, a quienes se acusa por "trata de personas, servidumbre y explotación infantil".

Incluso, la propia Cámara Industrial Argentina de la Indumentaria (CIAI) estimó que la mitad de los 165 mil trabajadores que emplea la cadena textil trabaja en condiciones de "esclavitud".

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